Tener una vida y querer contarla


Leo a Renato Cisneros y una frase suya me entorpece. «Para ser algo, primero hay que sentirlo, hay que serlo primero en la conciencia. Y yo siempre he sido escritor». Me detengo sobre ese manojo de palabras bien ensambladas y algo en el interior tiembla. Una columna se ha remecido.

Y ha temblado porque de una u otra forma yo he estado huyendo del oficio durante mucho tiempo. Ni siquiera con un libro lanzado me siento del todo escritor. Sí, yo sé que no fue publicado en óptimas condiciones ( a mí me conocen mi madre, algunos amigos, primos, los puedo contar con los dedos de la mano… quizá de una… ) pero igual, ya tengo uno en mi currículum literario. Y ha tenido buenas críticas. No de conocidos, sino de personas que ni por asomo pensé le darían a aquella primera entrega el pulgar hacia arriba.

Pero, a pesar de todo, no me termino de sentir escritor. No termino de sentir que ese libro haya sido mi partida de nacimiento.

¿Por qué esa inseguridad? ¿Por qué esa sensación de intemperie cuando me miro a mí mismo frente al teclado, intentando narrarlo todo? No lo sé, pero supongo que nadie me cree porque no termino de creérmelo. Sé que escribo bien. Hasta ahí llegamos. Sé que muchas personas disfrutan con mis palabras concatenadas. Eso me anima. Pero no termino de alzar vuelo. Supongo que mi ego como escritor lo tengo tan pesado que necesita las alas de un cóndor, de un terodáctilo para poder despegar de mí mismo.

He intentando de diversas formas huír de la escritura. Me fui a España. Vagabundeé por Europa intentando oficios mil con tal de apartarme de la pantalla del Word. Me convertí en un pseudo ingeniero informático para corregir lo que muchos consideran un vicio. Pero a pesar de que me gusta escribir código, el primer lugar en el podio siempre lo tiene el escribir literatura. Es una ironía que oficios tan opuestos utilicen el mismo verbo.

Pero ya no puedo huir más de ello. Supongo que es inútil intentar evadirse toda la vida. Y cada vez más, cada día que pasa, me siento más escritor ¿Para qué? No lo sé. El cuerpo es el que exige los vicios, a veces sin sentido alguno. Pero concuerdo con lo que dice Renato en ese pequeño párrafo: no puedo imaginarme la vida sin escribir. A pesar de que lo he intentado.

Una editora, un contacto de una amiga en Lima me lo advirtió: es una elección de riesgo. No todos tienen éxito. El bolsillo normalmente está desgarrado porque un diez por ciento de las ventas no es suficiente para el día a día. Tienes que vender mucho. Tienes que venderte mucho. Y la timidez es casi una tara congénita que, por lo general, viene tatuada en los escritores como marca de fábrica.

Odio venderme a mí mismo. Nunca he sido buen marketero. Me chirría el intentar convencer a alguien de las ventajas de un producto. Me jode verme como un producto. Pero, del otro lado, es algo que también quiero. No sé si por el ego, o porque siento que quiero compartir muchas cosas a través de los libros. Es mi forma de comunicar. Existen otras: la oratoria es más poderosa a nivel de comunicación. .

Pero, venderse o no, ya no importa mucho. Yo diría que no importa nada. Las monedas me caen escribiendo código, pero esa actividad no genera la dopamina suficiente. Mi cerebro necesita esas sustancias que solo las consigo escribiendo. El diccionario es mi camello, mi burrier particular. Y el teclado y la pantalla, o el lapicero y el papel, hacen de jeringa y compresor elástico para inyectarme palabras, directas a la vena, que provocarán ese éxtasis necesario en mi corteza cerebral.

Y no necesariamente hay que haber tenido una vida de mierda para ser un buen escritor. Yo antes pensaba que había tenido una existencia paupérrima, que mi vida era un error tras otro. También pensaba que esa condición esencial era única y suficiente para letrar papeles o pantallas en blanco ( me gusta también escribir a mano ). Ahora siento todo lo contrario. He tenido una vida muy grata, llena de aventuras: en distintas partes, distintos países. Bocas que besan distinto.

No, para ser un buen escritor no hay que haber tenido una vida de mierda. Basta con haber tenido una vida.

Y querer contarla.

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