El amor en los tiempos del cólera – García Márquez


¡Vaya aventura literaria han sido estas tres semanas! Por fin he terminado de releer “El amor en los tiempos del cólera”, una de las obras célebres de Gabriel García Márquez. Hacía poco más de un año que no leía un texto suyo: la pandemia me obligó a una mudanza súbita de casa y de continente. Tuve que dejar mis libros viejos varados en una biblioteca personal bien provista a unas cuantas calles del mediterráneo.

El hecho es que la relectura de este clásico me ha producido una regresión a aquellos años del colegio. Allí descubrí el poder de la literatura gracias a la obra del colombiano y por gracia de una de mis profesoras de cuarto de secundaria.

Ahora, veinticinco años después, al cerrar el libro, cierta nostalgia me hizo vibrar. Me di cuenta que había olvidado partes esenciales, pero al releerlas sentí la misma impresión que me dejaron cuando las leí por primera vez.

Sin embargo, los años te dan la oportunidad de disfrutar los gustos de antaño con otra visión, con una ojeriza necesaria para realzar la riqueza o banalidad de un texto, con mucho mayor lectura acumulada para dar una visión más crítica y reforzar tu gusto o deslindar de lo que en su momento llegó a formar parte de tu propia biblioteca.

Otra visión de García Márquez

Partiendo de esta premisa, “El amor en los tiempos del cólera” continúa entre mis clásicos favoritos, aunque ahora le encuentro algunos peros, antes imposibles. Por ejemplo, pienso en Bukowski, también muerto de amor, pero de un realismo radical y sórdido, y extrañé esa realidad al momento en la obra. Sobre todo, porque considero que son autores que están en las antípodas de la literatura.

También extrañé esa sencillez, esas palabras simples que producen astillas cuando Murakami narra una historia de amor. O esa narración de amor de pueblo antiguo, con mucho menos misticismo como lo es “Madame Bovary”, el clásico de Gustav Flaubert.

No malinterpretemos. La obra sigue siendo exquisita. Pero hay detalles: antes, la excesiva adjetivación me provocaba muchos delirios.  Ahora, por momentos, me parecen un exceso. Durante la relectura, algunas descripciones demasiado detalladas me producían una ansiedad porque sentía que me escapaba del argumento. Aunque es cierto que el autor tiene una mano mágica para mantener latiendo el entusiasmo durante la mayor parte del texto. Hay frases exquisitas, como la siguiente.

"Era todavía demasiado joven para saber que la memoria del corazón elimina los malos momentos y magnifica los buenos, y que gracias a ese artificio logramos sobrellevar el pasado"

Pero vamos a otros detalles. Llegué a dudar del enamoramiento de cinco décadas de Florentino Ariza, esa ilusión que no prescribía y se negaba a dimitir ante el peso de la madurez. Pero me dejé llevar por ese adolescente que leyó por primera vez la obra y lo pasé por alto. En fin, vi el texto desde la otra orilla y me di cuenta que a pesar de que ya no me producía el insomnio de aquellos años, la forma en que García Márquez cuenta cualquier cosa atrapa, porque, como alguna vez comentó un amigo en un taller de literatura, “convierte en oro todo lo que escribe”.

Y creo que eso es lo importante de su obra: puede producir algún recelo, puede uno leerla, o releerla, y no va a dejarlo a uno indiferente. Cuando tenía dieciséis años, quedé completamente atónito ante la pluma del colombiano. Veinticinco años después, lo miro con mayor realismo, no me deja desbocado pero mentiría sino dijera que la forma de sus metáforas, al igual que el hilo y ritmo de la historia, son muestra fehaciente de una obra literaria escrita de forma magistral.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Top